Mario Buffone, el legendario guardia de la peana del centro de Roma, lo deja después de 32 años

Italia es un caos, extrañamente armónico, pero caos. En el centro está Roma, y en el centro de Roma, Piazza Venezia. Y en el medio de la plaza, en el vórtice del desorden absoluto, se yergue la peana sesentera de Mario Buffone, el guardia encargado de dirigir un tráfico imposible e ingobernable. Cualquiera que haya visitado la ciudad recordará este personaje como de otra época, con su salacot, que sobresale como un director de orquesta entre coches y "motorinos". Es un símbolo, inmortalizado en el cine por Alberto Sordi. Lleva allí 32 años, sin despeinarse, porque prefiere una mueca irónica a un gesto imperativo, y una sonrisa a una mirada censora. «A mí el caos me resbala», confiesa. El jueves fue su último turno y este rincón se convirtió en un espectáculo de la vida familiar de esta ciudad.

Todos se paraban a saludar a "Marione". Chóferes de autobuses, policías, taxistas, conductores corrientes. Los camareros del "Brasile", el bar donde se toma el cafecito, dejaban a los turistas con la palabra en la boca para hacerse una foto con él. Su familia fue a despedirle al empezar el turno. El alcalde, Walter Veltroni, al acabar la jornada. "Marione" es un pedazo de Roma. «Yo he visto pasar por aquí reyes, presidentes, papas, futbolistas, actores... Todo el mundo viene a Roma una vez y, si vienen, pasan por este cruce», relata con orgullo. Da la impresión de estar hablando con un entrañable secundario italiano. Sus ricitos ondulados bajo el casco, la insignia de la Roma, una simpatía contagiosa le hacen perfecto para el puesto.

Ya de pequeño copiaba las matrículas de los coches en el tranvía. Y, como le recordó ayer de pasada al alcalde, su hijo va a hacer las oposiciones a guardia urbano. Que Roma es eterna no es solo una forma de hablar, se perpetúa en sus vecinos, que no quieren que cambie. El peor atasco que recuerda es el del día del asesinato de Aldo Moro. Un día especial, cuando le echó el alto al "Papamóvil" y al pasar cruzó una mirada cómplice con Juan Pablo II. «¿Cómo conducen los romanos? Aaaah, muy indisciplinados, pero por eso hago falta yo, aquí un semáforo no tiene sentido».

Fuente: Vocento VMT