Morbolandia S.L.
Puede que la meca del cine sea la gran fábrica de sueños, pero alguno de sus personajes han protagonizado auténticas pesadillas. Roscoe Arbuckle, Errol Flynn, Sal Mineo o George Reeves son algunos ejemplos.
Detrás del glamour de las estrellas y del brillo dorado de la fama, Hollywood también cuenta con una notable crónica negra escrita detrás de la pantalla.
ROSCOE ARBUCKLE
Ascenso y ocaso de Fatty
En el Hollywood del cine mudo, fue la desmesura corporal hecha actor: más de 120 kilos de carnes paquidérmicas que se bamboleaban con una paradójica agilidad, coronadas por un rostro de plenilunio azuleado en una mirada de infantil candidez. Revestía su obesa presencia cinematográfica con una camisa de cuadros y unos pantalones aún más amplios que su ya de por sí amplísima circunferencia, y lucía sobre la enjundiosa redondez de su cabeza un clásico sombrero hongo.
Había llegado a California procedente de Kansas, y desde su primera juventud actuó en vodeviles y verbenas, antes de formar parte de la legendaria cuadra de actores de Mark Sennett, la Keystone Film Company, en la que llegaría a convertirse en el cómico del cine mudo mejor pagado de toda la historia de la industria, mientras alternaba la actuación con la dirección de sus propias películas; en una de ellas se estrenó con un pequeño papel el mismísimo Charles Chaplin. En 1921, hallándose en la cumbre de su carrera, firmó un millonario contrato con la Paramount, que decidió celebrar en San Francisco durante dos días.
El escándalo se desataría en el hotel apenas 48 horas después con la muerte de Virginia Rappe, una corista que bailaba desnuda en funciones privadas y a la que la leyenda más amarillista de la farándula consideraba responsable de una epidemia de sífilis propagada por todo Hollywood. La "starlet" fue encontrada en un charco de sangre en la suite 1221 del hotel St. Francis, de la que él acababa de salir. Trasladada al hospital, Virginia murió por una peritonitis provocada por la salvaje violación a la que había sido sometida, al parecer con una botella de champán.
Él fue arrestado de inmediato, acusado de homicidio, y posteriormente absuelto por falta de pruebas. Sin embargo la tragedia del St. Francis destruyó su carrera y ni siquiera un cambio de nombre, propuesto por su amigo Buster Keaton, lograría que los estudios cinematográficos volvieran a confiar en él. Él se llamaba Roscoe Arbuckle y consiguió la fama como Roscoe "Fatty" Arbuckle. El olvido lo consiguió como el innominado Gordo del cine mudo.
ERROL FLYNN
El diablo de Tasmania
Descendiente de una adinerada familia de Tasmania, el pequeño Errol Flynn fue expulsado de todos los colegios a los que asistió, primero en su Australia natal y a continuación en Inglaterra, donde fue internado en un intento paterno por controlar su temprana rebeldía. Tras ejercer de pescador, de boxeador, de capador de reses y de supervisor en una plantación de tabaco de Nueva Guinea, recaló en la costa californiana donde rodaría "Capitán Blood" e iniciaría una fructífera carrera cinematográfica. De forma paralela a su conversión en el galán aventurero por antonomasia, su vida privada era la comidilla de los círculos cercanos a las colinas más famosas del mundo. Desde los jocosos comentarios acerca de su matrimonio con la actriz bisexual Lili Damita y las famosas orgías en las que Flynn tocaba el piano con su miembro viril, hasta las macabras anécdotas como aquélla en la que Errol se llevó el cadáver de John Barrymore del depósito y lo sentó en una butaca de salón de Raoul Walsh, sus intimidades circulaban por la meca del cine en forma de escabrosos relatos.
Sin embargo ninguno resultaría tan truculento como la retransmisión de sus juicios por violación, siendo el más famoso el que lo enfrentó a las menores Betty Hansen y Peggy Satterlee por acusación de estupro. Él mismo solía decir «me gusta el wisky viejo y las mujeres jóvenes», y aunque no alcanzó la vejez biológica por culpa de ese wisky añejo que engullía como si fuera agua, sí llegó a conocer la decadencia física: cuando murió en Vancouver de un ataque al corazón, su organismo y su aspecto eran el de un anciano de setenta años. Flynn apenas había cumplido los cincuenta.
SAL MINEO
El pequeño chico de pelo negro
Se llamaba Salvatore Mineo pero se dio a conocer con el diminutivo de Sal. Nacido en el Bronx e hijo de un emigrante siciliano que fabricaba ataúdes, el joven Salvatore pasó gran parte de su infancia cometiendo pequeños robos en las calles de Nueva York como miembro de una pandilla de barrio. Consiguió abandonar las calles y la delincuencia convirtiéndose en actor juvenil cuyas interpretaciones en Broadway serían su pasaporte para Hollywood, donde se convirtió en el actor más joven nominado al mejor secundario. No ganó el Oscar -se lo llevó Jack Lemmon- pero sí el reconocimiento de la crítica y el interés de los espectadores: la película era la mítica. "Rebelde sin causa". Volvería a optar al premio al actor secundario catorce años más tarde por "Éxodo", aunque tampoco le dieron la estatuilla, que fue a parar a manos de Peter Ustinov.
Una noche de febrero de 1976, unos vecinos de la calle Holloway, al noreste de Los Angeles, encontraron a un hombre casi embalsamado en su propia sangre. Aún respiraba débilmente pero el boca a boca que le practicaron no pudo salvarle: murió antes de que llegara la ambulancia. Identificarle no supuso ningún problema ya que el fallecido vivía en aquel mismo edificio: era Sal Mineo, el primer actor de Hollywood que se había atrevido a hacer pública su homosexualidad. Treinta años después de su muerte, aún se desconoce el nombre de su asesino. La autopsia reveló que el actor murió por una herida de arma blanca asestada directamente al corazón, con toda seguridad con una navaja de cazador.
Tras descubrir en la casa de Mineo una cantidad considerable de pornografía de temática homosexual y sadomasoquista, la policía centró sus investigaciones en los locales nocturnos gays, en los que no encontraron la menor pista. Acabaron por detener -pese a numerosos testimonios que aseguraban haber visto a un hombre blanco, rubio y de pelo largo, huyendo de la escena del crimen- a un delincuente habitual negro y de pelo corto, que fue condenado a cadena perpetua y liberado tras once años de presidio al reconocerse que sólo existían contra él pruebas circunstanciales. El misterio de la muerte del «pequeño chico de pelo negro», como solían llamarle, parece destinado a convertirse en uno de esos crímenes que nunca serán resueltos.
GEORGE REEVES
El superhéroe que quería ser actor
Siempre quiso ser actor, pero no un actor cualquiera: uno de los grandes, de los que pasan a la historia. La kryptonita no pudo con él pero la mediocridad lo mató. George Reeves, cuya vida acaba de ser llevada al cine en "Hollywoodland", comenzó su trayectoria artística en "Lo que el viento se llevó", en el insignificante papel de uno de los pretendientes de Scarlett O"Hara. La fama le llegó con la caracterización de Superman en la primera serie que trasladó las hazañas del cómic y los dibujos animados a la filmación televisada. Los espectadores le adoraban pero él nunca llegó a asumir que le debía la celebridad a unos calzoncillos colocados sobre un pijama, y solía preguntar con sarcasmo: «¿Puede ser un héroe un hombre en calzoncillos?».
En un desesperado intento por escapar de la que consideraba la humillante estela del superhéroe, aceptó un pequeño papel en "De aquí a la eternidad", aunque a causa de los mordaces comentarios del público en los pases de prueba, Fred Zinnemann se vio forzado a recortar aún más su aparición en pantalla. Su destino estaba unido al del superhéroe. Tal vez por eso cuando la serie terminó, Reeves se pegó un tiro con una Luger. O tal vez no: la rumorología de Hollywoodland elaboró numerosas versiones. Una de ellas, cuya falsedad quedó patente en pocos días, aseveró que el infortunado Reeves, en un intento por emular al alter ego de Clark Kent, se había lanzado por una ventana creyendo que saldría volando.
Algunos afirmaron conocer la afición de George por la ruleta rusa y atribuyeron su muerte a un desgraciado accidente. Asimismo se barajó la posibilidad de que hubiese sido asesinado por un matón contratado por el marido de su amante, un pez gordo de la MGM. Lo cierto es que, independientemente de quién fuese la mano ejecutora, a Superman lo mató la realidad: nunca sería un gran actor y, por consiguiente, no lograría inscribir su nombre en la memoria de Hollywood. En lo segundo se equivocó, aunque probablemente habría acertado de no haber acertado previamente la Luger dirigida a la sien. Paradojas de la inmortalidad.
Fuente: Vocento VMT



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29 Junio 2009 | 02:43 AM