Un alce acorralado en un jardín privado, otro con los cuernos enganchados en guirnaldas luminosas...: en Alaksa, la localidad e Anchorage es sinónimo de todos los peligros para estos animales y también de misiones peligrosas para Rick Sinnott, un biólogo empeñado en ayudar a estos animales.
Desde hace 23 años, este especialista del Departamento de Caza y Pesca de Alaska (equivalente a un departamento forestal) vuela al rescate de los alces de Canadá que eligen como residencia de invierno Anchorage por sus numerosos parques y espacios verdes, encontrándose a veces en situaciones difíciles.

"Forman parte de los animales más peligrosos en la ciudad, sobre todo porque la gente se habitúa a su presencia", cuenta Rick Sinnott, que es contrario al uso de inyecciones de calmantes, que cuestan hasta 400 dólares y no son buenas para los animales. En la medida de lo posible él prefiere confiar en sus nervios de acero y en recursos astutos.
Pocas cosas pueden calmar a un alce de 500 kilos cuando sus cuernos se han enganchado en las cuerdas de un columpio y el animal se enfada, subraya el especialista.

"A veces se puede deslizar una cuerda alrededor de una de sus patas traseras, haciéndole sentarse y lanzándole algo que le tape la cabeza", cuenta el biólogo. "Una vez que sus ojos están cubiertos, se calman y dejan de luchar", asegura, pero "normalmente embisten y son muy peligrosos".

"Cada año, varias personas resultan gravemente heridas en ataques de alces y aterrizan en el hospital", precisa. Dos personas murieron en los últimos años por ataques de alces: un hombre que a la entrada de una piscina y una mujer en su jardín.

Para los alces esta ciudad está sembrada de trampas: se mezclan en guirnaldas y cuerdas tendidas, se quedan acorralados en paseos estrechos porque tienen muchas dificultades para ir marcha atrás, se caen en lagos helados... A veces, las madres saltan por encima de una valla y luego se dan cuenta de que sus hijos no pueden seguirlas.

Sinnott recibe cerca de 500 llamadas de ayuda al año. La mayoría del tiempo el animal está comiéndose las plantas de un bonito jardín, pero a veces hasta esto puede llevar a una pelea.

"En mayo, junio y julio la gente tiene miedo porque a veces hay un bebé alce en su jardín y la madre embiste a quien se acerque", precisa. "Nosotros no respondemos a estas llamadas" a menos que el animal corra un peligro real.

En caso de legítima defensa está permitido en Alaska disparar sobre un alce. Si se produce el caso, Rick Sinnott está encargado de recuperar la cornamenta y la carne es donada a una organización caritativa.

Muchos otros animales -osos, linces, coyotes, lobos, zorros, cabras y ovejas- habitan en los límites de la localidad, y pese a ellos y los alces y la cantidad de llamadas de los habitantes, éstos no lamentan esta situación.

Un estudio realizado hace una decena de años indicaba que las tres cuartas partes de la ciudad consideraban que el número de animales era aceptable.

Pese a sus arriesgadas misiones, Rick Sinnott considera que Anchorage, situado cerca de entornos naturales muy salvajes, es un modelo de integración de la faua en el territorio de una ciudad. "Mucha gente piensa que las ciudades son para la gente y los parques para los animales", dice el biólogo, para quien "si fuese el caso, ése sería un mundo muy triste".

Fuente: AFP